LOS FRANCISCANOS Y LAS MISIONES POPULARES EN AMÉRICA LATINA

Mariano Errasti, ofm.

 

 

La predicación ha sido la forma de evangelizar más común y más extensamente practicada por los franciscanos en América Latina.

Se trataba de una predicación llana y clara, pero enérgica, convincente y cargada de una buena dosis de emotividad.

1. DEL MINISTERIO DE LA PREDICACION A LAS MISIONES POPULARES

Las misiones populares son una forma peculiar -diríamos evolucionada- de la predicación de los fieles.

Esta predicación dirigida a los fieles (o cristianos viejos) la practicaron los franciscanos de América desde los primeros años de la conquista. Fray Bartolomé de Las Casas informa que uno de los franciscanos llegados a la Isla Española en 1502, llamado Fray Antonio de los Mártires, llevó a cabo intensas campañas contra los españoles que vivían en concubinato. Un informe de 1524 dice que en el convento de San Francisco de la Concepción de la Vega, en la citada isla, "había predicadores ".

Desde la conquista hasta nuestros días, la predicación ha sido la forma de evangelizar más común y más extensamente practicada por los franciscanos de América. Al abrir las páginas de la historia franciscana de cualquier enclave de América Latina y en cualquiera de sus épocas, encontramos a nuestros hermanos ejerciendo el ministerio de la predicación.

Los cronistas de la Orden reflejan esa labor. A fines del siglo XVI, Fray Jerónimo de Mendieta evoca con nostalgia "el trabajo que en los primeros tiempos tuvieron los predicadores del Santo Evangelio en estas partes". Y a finales del siglo XVII, Fray Agustín de Vetancurt trae en su Menologio una larga serie de predicadores franciscanos, autores de sermones barrocos.

El cronista peruano Fray Diego de Córdova Salinas aporta también su lista de predicadores ilustres: los hermanos Oré, "hábiles y suficientes lenguas y predicadores de los indios y españoles"; Fray Esteban de Rivera, Baltasar de los Ángeles y Bernardino de Cárdenas, "que hacen auditorios grandes"; Fray jerónimo de Villacarrillo, quien, no sólo se enfrentó al temible Gonzalo de Carvajal, sino que logró -victoria harto más difícilque en el Concilio Limense III cambiaran de opinión siete obispos...; así como Fray Juan Monzón, "que corrió muchas provincias".

En Brasil, a fines del siglo XVII, en un informe que dio Frei Antonio da Vencimento Sá -fue Provincial entre 1691 y 1694-, declara:

"Respondo y digo que lo mismo en esta Capitanía que en las otras del sur (de Brasil), todos los habitantes son testigos de cómo los religiosos de mi Provincia andan continuamente confesando, predicando... Digo también que son (mis religiosos) los que con más frecuencia en todos los dichos lugares y villas hacen misiones y predican la doctrina cristiana, lo mismo a los blancos que a los indios ".

Y podríamos seguir citando a los cronistas Francisco Vázquez, para Guatemala; a Diego Mendoza, para Bolivia; a Pedro Simón, Esteban Asencio y Pedro Aguado, para Colombia; a Antonio de Santa María Jaboatao, para Brasil, etc.

El título de predicador fue adquiriendo un relieve cada vez más acusado y exclusivo a lo largo de los siglos XVI y XVII. Entre los religiosos sacerdotes, los predicadores ocupan el primer rango, seguido por los confesores y los simples sacerdotes. En una Memoria de todos los conventos de frailes y monjas, guardianías, vicarías y doctrinas de indios que hay en todas las provincias y custodias de los reinos del Perú, correspondiente al año 15897, los predicadores aparecen como un grupo selecto. Sus títulos, obligaciones y privilegios se van regulando tanto en los Estatutos de cada Provincia como en las Instrucciones que dan los Comisarios Generales de Indias.

Con el tiempo su número aumenta y sus rangos se jerarquizan. En 1698 la Provincia de Colombia contaba con noventa y nueve religiosos con título de predicadores, de los cuales diecinueve eran "de precedencia". En 1792, la comunidad de San Francisco de Caracas, compuesta por treinta y siete sacerdotes, contaba con un predicador jubilado de jure, con tres de precedencia (dos de ellos de jure), con dos predicadores generales y cuatro conventuales. La pequeña comunidad franciscana de San Juan de Puerto Rico tenía en 1807, entre diez sacerdotes, cinco predicadores, cada uno de ellos con propio rango: general, mayor, primero, segundo y tercero.

Muchos de estos predicadores han pasado a la historia. Por citar sólo algunos: Juan de Ávila, Clemente de Ledesma y Alonso de Hita en México; Pedro Palacios y Bartolomeu do Amparo, en Brasil; Martín de Velasco y Raimundo Acero, en Colombia; Bartolomé Villanueva, autor de un sermonario en tres tomos, en Venezuela; José Bullones y Esteban Facenda, en Cuba; y Mamerto Esquiú, en Argentina.

El ejercicio ordinario de la predicación no se homologa con las misiones populares. Por misiones populares se entienden ciertas campañas organizadas por equipos itinerantes de predicadores para renovar la fe y promover la conversión de la totalidad de los fieles de un determinado lugar o sector. Esta forma de predicación cobra fuerza y se generaliza sobre todo a partir del establecimiento de los llamados Colegios de Propaganda Fide en la segunda mitad del siglo XVII y a lo largo de todo el siglo XVIII y parte del XIX.

El primero de estos Colegios o conventos fue el de Varatojo, en Portugal, fundado por el Padre Antonio das Chagas con la ayuda del P. Jiménez de Samaniego, General de la Orden, en 1679. Según las determinaciones del P. Samaniego, dicho convento debía ser "centro, escuela y seminario de los misioneros apostólicos... (a donde estos) puedan volver, tras los sudores y fatigas de sus correrías apostólicas, para restaurar las fuerzas del cuerpo y del espíritu".

La finalidad asignada al Colegio de Varatojo y a su filial de la Hoz, en Segovia -trasladado a Sahagún en 1682-, era exclusivamente la predicación a los fieles; mientras que los Colegios de Propaganda Fide establecidos en América -el primero de ellos, el de Querétaro, fundado en 1683 por Fray Antonio Llinás-, persiguieron una doble finalidad: promover misiones populares entre fieles y evangelizar a los infieles.

Durante los siglos XVII, XVIII y XIX se erigieron treinta y tres Colegios de Propaganda Fide en la América Española: siete en México (Querétaro, San Fernando, Zacatecas, Pachuca, Orizaba, Zapopan y Cholula); dos en Centroamérica (Cristo Crucificado de Guatemala y San Francisco de Panamá); uno en Venezuela (el de los misioneros de Píritu, en Nueva Barcelona); dos en Colombia (Popayán y Cali); dos en Ecuador (Quito y Loja); siete en Perú (Ocopa, Lima, Cuzco, Arequipa, Cajamarca, Ica y Moquegua); cinco en Bolivia (Tarifa, Potosí, La Paz, Tarata y Sucre); tres en Chile (Chillán, Castro y Santiago); y cuatro en Argentina (San Carlos, Salta, Río Cuarto y Corrientes).

Las misiones populares no fueron una actividad exclusiva de los Colegios de Propaganda Fide; pero fue en estos colegios donde encontraron el impulso más ferviente y la más adecuada organización. Según el Padre Félix Saiz Díez, autor de un excelente estudio sobre los Colegios de Propaganda Fide en Américal3 -el calificativo es del historiador Lino Gómez Canedo-, el apostolado que estos Colegios desarrollaron entre los fieles puede no presentar un historial externo tan brillante como el realizado entre infieles; pero creo que, puestos a hacer un balance, habría que concluir que la labor apostólica entre el pueblo fiel fue bastante más eficaz que la de las conversiones, y que por si sola habría bastado para justificar la existencia de los Seminarios Apostólicos y merecer todo el apoyo de que se vieron rodeados por parte de sus Superiores".

Refiriéndose al Colegio de Santa Rosa de Ocopa, el historiador P. Antonino Tibesar decía que sus servicios a las misiones populares han sido más vastos e importantes -toda una epopeya- que su labor evangelizadora entre los infieles de Ucayali y Pachitealb. Lo mismo cabría decir de otros Colegios. El de Querétaro, por ejemplo, se lanzó a la actividad apostólica con un verdadero derroche de misiones populares. Después de las grandes misiones que dio en la ciudad de México y en Puebla de los Angeles, destacó cuatro predicadores al arzobispado de México, cinco a los pueblos que circundan Puebla de los Angeles, cuatro más a Yucatán, otros cuatro a Valladolid y poblaciones vecinas, tres a Oaxaca, mientras los Padres Francisco Frutos y Antonio Ezcaray se lanzaban a misiones por tierras de Jalisco y varios más por Durango, Sombrerete y Fresnillo.

El cronista de Querétaro, Fr. Isidro Félix de Espinosa resume así esta eclosión misional del primer Colegio de Propaganda Fide de América:

Once obispados tiene esta Nueva España tan dilatados, que en los términos de algunos de ellos pudiera caber España y Francia y le sobraran muchas leguas. Todos los han corrido con sus misiones los hijos de este solo Colegio en los primeros años de su erección".

También el Colegio de Zacatecas nació con una decidida vocación por las misiones populares. En los primeros siete años que siguieron a su fundación -1707-, sus religiosos, a pesar de ser pocos, habían misionado ya las extensísimas diócesis de Durango y Guadalajara. Los informes y diarios que se conservan de los grandes predicadores de Zacatecas dan testimonio de su increíble actividad misionera a lo largo y ancho de todo México.

Otro tanto habría que decir de los grandes Colegios que surgen en Centroamérica y América del Sur, en especial de los de Guatemala, Ocopa, Tarija, y de sus grandes misioneros, particularmente de Fray Fernando de Jesús Larrea, extraordinario y apocalíptico apóstol, que recorrió varias veces parte del Perú, todo Ecuador y toda Colombia, y fundó los Colegios de Popayán y Cali.

Durante el siglo XIX, en que se fundaron nuevos Colegios de Propaganda Fide, no cesaron las misiones populares a pesar de las dificultades ocasionadas por las guerras de independencia. El Colegio de Orizaba dio ciento cuarenta y una misiones entre 1805 y 1825. Y según las buenas cuentas del Padre Julián Heras, archivero del convento de Ocopa, los franciscanos dieron en Perú dos mil setenta y tres misiones y tandas de ejercicios espirituales entre 1839 y 1882.

Los misioneros de los Colegios de Propaganda Fide estaban sometidos a normas estrictas. Estatutos generales y reglamentos particulares de cada Colegio regulaban tanto su forma de actuar durante las misiones populares como los lugares y tiempos en que debían predicar. Los Estatutos Generales de dichos Colegios establecían:

"El Guardián o, en su ausencia, el Presidente, en tiempos oportunos y cuando juzgase necesario, envíe a los misioneros, de dos en dos o en mayor número, según lo exigiese la conveniencia de los fieles, señalándoles los poblados, lugares y regiones en las que deben hacerlas misiones".

El Reglamento para las misiones populares del Colegio de Ocopa -1873- determinaba que "ninguno de los misioneros tenga empleo fijo; mas en cada misión, el Presidente señale a cada uno desde el principio los oficios que deberá cumplir en el curso de la misión".

Fr. J. Antonio Alcocer, cronista del Colegio de Zacatecas, recuerda que "una Constitución municipal de este Colegio manda que todos los misioneros saquen una certificación en donde conste del día en que comenzaron sus misiones en forma, y otra del día en que acabaron los dichos seis meses... para manifestar al prelado, cuando se regresan al Colegio, que han cumplido con el ministerio".

También estaba reglamentado, como veremos a continuación, la forma en que debían conducirse los misioneros durante sus recorridos apostólicos.

2. ITINERANCIA Y MISIONES POPULARES

El apostolado itinerante o "excursiones y peregrinaciones que pueblo por pueblo se emprenden para predicar Palabra de Dios", como lo definió el Padre José Acosta en su obra Procuranda Indorum Salute, se empleó en la época colonial de América, tanto en la evangelización de los infieles como en la predicación a los fieles.

Los primeros ensayos de este apostolado itinerante se remontan a los mismos inicios de la conquista. En 1517 el Padre Provincial de la Santa Cruz de las Indias, en la Isla Española, declaró que él y algunos de sus hermanos de hábito "suelen andar visitando las estancias (de los españoles)". También se ensayan en este tipo de evangelización los primeros Doce Apóstoles de México. De su Superior Fray Martín de Valencia escribe el cronista jerónimo de Mendieta que, después de misionar en Xochimilco y Coyoacán, recorrió "todos aquellos pueblos de la Laguna Dulce, que son ocho principales y cabezas de otros pequeños que les están sujetos".

En Perú, según las investigaciones hechas por Antonine Tibesar, entre 1533 y 1548 los franciscanos, que residen en pueblos de españoles, se dedican a recorrer los pueblos de indios sin establecerse entre ellos. Sólo a partir de 1548 fundan residencias entre indígenas, es decir, Doctrinas y Misiones, en las que el apostolado es estacionario.

De todos son conocidas las interminables jornadas de apostolado itinerante de un San Francisco Solano de Tucumán, de un Luis Bolaños y Alonso de San Buenaventura en Paraguay, de un Mateo de Jumilla en el norte de Perú, o de un Frei Antonio do Extremo, pintoresco y heroico misionero itinerante entre Goiá, Minas, Cuiabá, Mato Grosso y en las Capitanías del sur de Brasil.

Las misiones populares se identifican con la itinerancia sobre todo a partir del establecimiento de los Colegios de Propaganda Fide. Ya los fundadores del primer Colegio -el de Querétaro- practican este tipo de apostolado durante su viaje de Veracruz a dicha ciudad.

Los increíbles viajes de Antonio Margil por Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, Yucatán, Chiapas, Oaxaca, México, Querétaro, Morelia, Guadalajara, Zacatecas, Durango, San Luis Potosí, Monterrey y Texas, es decir, desde Costa Rica hasta Louisiana, fueron de apostolado itinerante.

Equipos de predicadores salidos de Querétaro misionan, pueblo por pueblo, Centroamérica y México.

Ejemplo de viaje apostólico, el que hicieron los Padres Margil y Simón Hierro; un viaje de año y medio de duración. Salen de Zacatecas el 17 de octubre de 1725. Después de predicar en diversas haciendas y poblaciones de Zacatecas y Jalisco, misionan en Guadalajara. Luego, en agotadoras jornadas, predican misiones en una docena de pueblos hasta que llegan a Valladolid -la actual Morelia-, cuya misión dura desde el 5 de mayo hasta el 2 de junio de 1726. En Valladolid se les juntan tres nuevos predicadores: Andrés de Pasos, José Guerra y Manuel de las Heras. Los cinco compañeros, divididos en dos equipos, misionan en Queréndaro, Pío, Tulpujagua y Santa Clara. Entre el 15 de junio y el 3 de julio de 1726 los Padres Margil, Hierro y Heras permanecen en Acámbaro, donde dan una misión de nueve días, con gran fruto por cierto.

Los misioneros descansan en Querétaro. Se les agrega el Padre Posas. Posas, Margil, Hierro y Heras reanudan el ministerio de la predicación misionando, pueblo tras pueblo, en dirección a la ciudad de México. En el camino se enferma de gravedad el Padre Margil. Muere en México el 6 de agosto de 1726, rodeado de sus seis compañeros de predicación itinerante. Estos prosiguen su tarea apostólica bajo la dirección de Fray Diego de Alcántara, llegado de Querétaro, pero divididos en tres equipos. Cada equipo sigue una ruta diferente, con órdenes de juntarse en Tampico. Fray Simón del Hierro, cuyo diario sólo relata en adelante las actividades de su propio grupo, sigue misionando hasta llegar a territorio veracruzano. En Tautoyuca se disuelve el equipo, y el Padre Hierro emprende el viaje de regreso a Zacatecas, donde llega a fines de abril de 1727.

Ejemplos de misiones populares itinerantes se podrían multiplicar a base de los informes -muy detallados- que dejaron, en crónicas, biografías y diarios, grandes misioneros como Espinosa, José Díez, Simón del Hierro, José Antonio Alcocer, Fernando de jesús Larrea, Pedro Gual, José María Massiá, Francisco Menéndez, etc. Son de peculiar interés los diarios de las "misiones circulares" que realizó Fray Francisco Menéndez entre las islas del archipiélago de Chiloé.

La forma de vida de los predicadores durante sus viajes apostólicos estaba reglamentada. No se lanzaban a la itinerancia sin haberse preparado espiritualmente. Los Padres Margil y Hierro hicieron un mes de retiro en una finca antes de su viaje de 1725, porque, en frase de Margil, iban a quemar el mundo: "¿Se atreve, Fray Simón, que vamos a quemar el mundo? Pues dispóngase".

La víspera o el mediodía de la partida, los misioneros se despedían de la comunidad en el refectorio. El acto era emotivo. El presidente de la misión decía la culpa de rodillas. Tras la exhortación que les dirigía el Padre Guardián, se abrazaban todos, no sin lágrimas la mayoría de las veces.

Los misioneros apenas llevaban equipaje. Sólo algún catre, rejillas para confesar, un Santo Cristo, algún lienzo pintado de la Virgen María y los ornamentos para celebrar. Todo ello en un jumentillo o mulo, tirado por un mozo de espuelas.

No se proveían de comida. Se alimentaban de lo que les daban en los ranchos y haciendas.

Mendigos y campesinos acompañaban a los misioneros por tramos o jornadas. Después de cada misión, grandes contingentes de fieles les seguían hasta varias leguas, orando, cantando y portando ramos y flores.

La mayor parte del camino se hacía entre rezos: Oficio Divino, rosario, vía crucis y cánticos piadosos. El Padre Hierro, que era regular cantor, entonaba himnos a la Virgen cada vez que vadeaba algún río o quebrada.

Los misioneros se detenían en todos los ranchos y haciendas que encontraban en el camino, por muy pequeños que fuesen. En uno de los diarios del Padre Hierro leemos:

"Caminando algo más de dos leguas, se llegó a La Labor de los González, en casa de un pobre, quien con mucha devoción y caridad dio de comer huevos y leche, y quedó tan contento de haber hospedado a Jesucristo en sus pobres, que no cesaba de dar gracias a Dios... Aquí se confesó una preñada".

También sabían divertirse nuestros buenos misioneros. En uno de sus diarios, el citado Padre Hierro confiesa que para alegrar al Padre Camberos, que estaba convaleciendo de una enfermedad, hizo "algunas chuladas en verso", y que para el día de Reyes tenía programadas otras chuladas: una décima, un soneto, quintillas, octavas y ecos ....

3. ORDENAMIENTO DE LA MISION POPULAR Y TEMAS DE PREDICACION

El primer acto de una misión solía ser la entrada de los misioneros en el pueblo o ciudad, entrada que conllevaba procesión, rezo del rosario, cánticos y un breve discurso exhortatorio con las advertencias y avisos pertinentes.

Este acto introductorio se hacía ordinariamente al anochecer. Así se hizo, por ejemplo, en Ocotlán el año 1726, según cuenta uno de los diarios del Padre Hierro:

"El cura llevaba el Santo Cristo, y el Superior, con los demás del concurso, que fue grande, iba con mucha devoción rezando hasta la iglesia, en donde llegados, se cantó el Alabado, se hizo, como en otras partes, un breve razonamiento, se les echó la bendición, y otro día comenzó la misión".

Había ocasiones en que la entrada se hacía por la mañana, como acto distinto del anuncio o convite de la misión, el cual tenía lugar al anochecer. Escribe el Padre Alcocer al respecto:

"Para hacer los religiosos las misiones, dan aviso al Párroco del lugar, del día y la hora en que harán la entrada y se dispone sea de procesión desde tal distancia que se pueda rezar una parte del rosario o la corona, hasta la parroquia...

En la iglesia se canta, se reza la letanía, y con breve exhortación que hace un misionero, se despide a la gente, citándola para poco antes de la oración de la noche... Una hora antes sale la procesión de la publicación de la misión".

Después de su entrada, los misioneros solían visitar a las autoridades religiosas y civiles del lugar. Obispos y párrocos fueron, en general, entusiastas promotores de las misiones. Abundantes testimonios avalan esta afirmación.

En cuanto a los temas o materias que desarrollaban los predicadores se pueden reducir a dos categorías: pláticas catequéticas (doctrinales, instructivas) y sermones morales. Escribe Alcocer:

"En la iglesia se predica primeramente una plática de la explicación de la doctrina cristiana, que dura por espacio de media hora; se sigue después un sermón de más de hora".

Fr. Pedro Gual, de los misioneros de Ocopa, además de las instrucciones doctrinales y de los sermones morales, distingue las meditaciones leídas, que versaban sobre la misericordia divina, la imitación de Jesucristo, la devoción a la Virgen María, etc..

Las pláticas catequéticas trataban de las principales verdades de la fe, oraciones del Padre Nuestro y Ave María, Sacramentos y Mandamientos. "Se hacen pláticas -advierte el P. Alcocer- de un modo que, siendo muy provechoso a los más ignorantes, han merecido en todo tiempo la aprobación de los obispos y otros Superiores que celan el bien de las almas". Nuestros misioneros nunca prescindieron de esta parte catequética. Hablando de uno de los primeros predicadores de Querétaro, el Padre Francisco Frutos, su biógrafo Espinosa dice que "explicaba la doctrina cristiana todos los días antes que su compañero predicase".

Aunque la catequesis se dirigía a todo público, los niños tenían en ella un protagonismo particular. En algunos lugares, el misionero instructor entraba en la iglesia "cantando con los niños el texto de la doctrina". Los misioneros de Ocopa acostumbraban hacer dentro de la misión general "otra misioncita a los niños y niñas, adaptada a su alcance", envolviendo en ella a los maestros y maestras de las escuelas del lugar.

El "sermón grande", o moral, era el alma de la misión. "Los asuntos de los sermones son los que en todas partes se usan en las misiones", escribe Alcocer, es decir: los vicios y las virtudes, la pena y la gloria, la Pasión de Cristo, Mandamientos y sacramentos.

Del temario de las misiones del P. Margil informa su compañero el Padre Hierro:

"En todos sus sermones era el tema: Nos autem praedicamus Christum crucifixum, y de este tema sacaba todos sus asuntos y siempre los probaba con abundancia de los textos de la Escritura, con autoridad de santos Padres, con símiles y ejemplos muy del intento. Siempre predicaba verdades católicas, doctrina cristiana y desengaños, exhortando siempre al aborrecimiento de los vicios y al ejercicio de las virtudes".

Al narrar la vida de Fr. Antonio Llinás, su biógrafo Espinosa dice que "no predicaba sino de los misterios de nuestra santa fe, de la malicia del pecado, de la incertidumbre de la muerte, del horror del juicio y de las felicidades eternas de la gloria".

Algunos temas del sermón moral coincidían con los de las pláticas catequéticas -Mandamientos, Sacramentos...-, pero en el sermón eran tratados de forma diferente, "tirando -en expresión de un documento de 1690- a arrancar vicios y plantar virtudes", es decir, a promover una conversión sincera y profunda.

Se trataba de una predicación llana y clara, pero al mismo tiempo enérgica, convincente y cargada de una fuerte dosis de emotividad.

Tanto los temas de predicación como la forma de enfocarlos fueron evolucionando lentamente. Así observó el Padre Gual en el siglo XIX:

"La experiencia me ha enseñado que, habiendo variado notablemente las ideas, las costumbres y la civilización de los pueblos y ciudades, sus necesidades exigían otra reforma de tales doctrinas y añadir el tratado y explicación de otras materias".

También fue cambiando el tiempo de duración de los sermones. Los morales eran de tres horas en los primeros tiempos de Querétaro. Alcocer, que escribe en 1788, les otorga sólo algo más de una hora, y media hora de pláticas instructivas. El citado reglamento de Ocopa determinaba que un hermano lego se encargase de avisar a los predicadores si se pasaban del tiempo señalado, "tirándoles con disimulo el hábito"54.

Oraciones y cánticos eran parte integrante dé la predicación. Antes y al final de las pláticas catequéticas se cantaba. El sermón moral se interrumpía para entonar himnos, y al finalizarlo "toma el predicador en sus manos la imagen de Nuestro Señor Jesucristo Crucificado haciendo con los que le escuchan un fervoroso acto de contrición. Esto se practicaba en todos los días de la misión".

Además de los cantos y de los rezos -en especial del rosario-, en algunas misiones se recurría a ciertos actos extremos de penitencia, particularmente al de las disciplinas, tanto dentro de la iglesia como durante la procesión de penitencia:

"En todas las misiones -escribe Espinosa- se hacía la disciplina tres días en la semana con los hombres, remitiendo las mujeres a otra iglesia para que ellas solas hiciesen su ejercicio".

Elemento primordial en las misiones populares era la administración del sacramento de la penitencia. "Los misioneros -recuerda Alcocer-, en todo el tiempo de la misión no hacen otra cosa que confesar y predicar. Solamente se ven en el púlpito y confesionario. En éste están muy temprano, luego dicen misa, que es a las cuatro de la mañana, o antes, hasta el mediodía, y regularmente en la tarde los que no tienen en ella sermón o plática se van al confesionario.

Hablando de las misiones que los Padres Margil y López dieron en Centroamérica, el cronista Espinosa dice que pasaban confesando nueve y hasta doce horas cada día. Y que a raíz de la misión que predicaron en Guatemala "no cesaron todos los confesores que habían de oír confesiones de hombres y mujeres de todos estados, no sólo el tiempo de la misión, más seis meses después".

En cuanto al número, las comuniones no quedaban por detrás de las confesiones. El Padre Larrea contó más de veinte mil en la misión que predicó en Bogotá, en 1748. Y si, como veremos en el siguiente apartado, los sentimientos de temor y terror dominaban en los primeros días de la misión, en los últimos eran reemplazados por los de las más delicadas ternuras, sobre todo en los ejercicios piadosos que se practicaban durante las Cuarenta Horas Eucarísticas. Hablando de la misión que se dio en Puebla en 1684, escribe Espinosa:

"La función de las Cuarenta Horas, con el Señor Sacramentado patente, fue en la que echó la devoción el resto: la multiplicación de luces de cera virgen, las devotas músicas y canciones suavísimas... hacían parecer el templo una gloria".

La misión culminaba con la procesión de penitencia. La que se hizo en la de Valladolid (Morelia) en 1685 fue espectacular. Así la describió Espinosa:

"El día de la procesión de penitencia, guiando con una cruz de madera un señor prebendado, le siguieron los hermanos de la Tercera Orden de penitencia con multitud de otros seculares vestidos de mortificación, disciplinándose unos, con cruces y sogas, otros, iban algunos aspados y muchos ligados con cordeles. Seguía luego la comunidad de nuestro Padre S. Francisco, todos descalzos y con sogas al cuello... Iba este penitente escuadrón acompañando un hermoso crucifijo que conducían algunos penitentes de la nobleza. Detrás caminaba multitud de mujeres observando su estación en silencio. Se hicieron varias pláticas de contrición. Desde las cuatro de la tarde hasta las siete de la noche no se enjugaron las lágrimas y sollozos de todo el numerosísimo concurso".

En la procesión de penitencia que se hizo en México en 1683, "fueron tantos los penitentes y tales sus penitencias, que juzgo fue el espectáculo más deleitable que después de Nínive tuvieron los cielos", en expresión de Fray Pedro Antonio Frontera, en su informe Noticias de las misiones.

Una de las procesiones penitenciales más impresionantes fue la que organizó en Quito el Padre Larrea, en la misión que predicó en 1732. La describe él mismo:

"En toda la procesión, que fue dilatada, fue grande el silencio; no se oía otra cosa que gemidos al ruido de las cadenas y barras de hierro que arrastraban y el estruendo de los azotes. Muchas y crueles fueron las penitencias que se vieron en la procesión; pero fueron mucho más las que salieron tarde de la noche. Todas las calles se veían llenas de penitentes... Continuáronse las penitencias por más de seis meses".

En la misión que el mismo Padre Larrea predicó en Bogotá, a la procesión de penitencia -escribió él mismo- "concurrieron más de treinta mil personas. Fue en ella tan raro el silencio, que no se oía una sola palabra; más de cuatro cuadras iban llenas de penitentes con penitencias muy crueles".

Otro de los actos finales de la misión solía ser una misa solemne de Requiem por los difuntos del lugar.

Antes de despedirse, los misioneros bendecían una cruz que, en recuerdo de la misión, se colocaba en un lugar destacado. La despedida provocaba emotivas manifestaciones de afecto hacia los predicadores. En la misión que los Padres Frutos, Ezcaray y Espinosa dieron en Zacatecas, les siguieron tres mil personas al abandonar la ciudad, y en la misión que el año 1859 dieron cinco franciscanos en Cuzco, tuvieron que salir de la ciudad de noche para impedir que fueran retenidos por la gente, excesivamente encariñada con ellos.

4. ¿METODOS DE COACCIÓN PSICOLOGICA?

Si en sus viajes de apostolado los misioneros itinerantes evangelizaban los pueblos más pequeños y las aldeas más minúsculas, sin dejar ni ranchos ni haciendas, cuando misionaban en las ciudades las atacaban por todos los flancos. Las misiones populares eran campañas totalizadoras y envolventes, verdaderos rastreos religiosos de campos y ciudades, acontecimientos de tal magnitud, que ningún estamento social, sector, barrio, calle o suburbio podía permanecer al margen de la misión. Así lo prueba, entre mil casos, la descripción que el cronista Espinosa hace de la misión que el Padre Antonio Llinás y doce de sus compañeros de Querétaro dieron en la ciudad de México en 1683.

Intervinieron en ella, además de los predicadores, el señor Arzobispo de México, don Francisco Aguiar y Seijas, el Comisario General de la Orden, Fray Juan Luzuriaga, "cuatro compañías de religiosos" que, con crucifijo en alto, recorrían las calles "dando por toda la ciudad la vuelta", cantando saetas y predicando en las plazas y esquinas de las calles. Colaboraron también en la misión los confesores de todos los conventos y parroquias de la ciudad. Al ver que la gente no cabía ni en la catedral ni en la iglesia de San Francisco, el Arzobispo ordenó que "se predicase a un mismo tiempo en las otras parroquias y en muchos conventos de religiosos". La respuesta de los fieles fue desbordante. "Iban cada día a más de los concursos, porque ocurrían de los arrabales de México, poblados en indefinido número, y de los lugares circunvecinos".

El mismo ambiente de saturación, de envolvimiento general, se produjo en las misiones que los franciscanos predicaron por aquellos años en Querétaro, Puebla, Guadalajara, Valladolid, Guatemala, Mérida, Oaxaca, Zacatecas... En las que dieron en las grandes ciudades de Sudamérica en los siglos XVIII y XIX observamos el mismo fenómeno. Hablando de la que el P. Larrea predicó en Quito en 1732, dice él mismo:

"Fue tan rara la conmoción de todos, así de ricos como pobres, así nobles como plebeyos, que misiones semejantes no se habían visto en Quito... Fuera de los sermones de la tarde, salíamos todas las noches predicando la divina palabra por las calles y plazas y aun por los barrios más distantes, y eran tan numerosos los concursos que nos seguían, que en dos y tres cuadras que ocupaba la gente no se podía caminar con libertad".

Factor decisivo en la saturación psicológica del ambiente, además del bombardeo masivo de todos los sectores de la ciudad, era la duración de las misiones. Fueron de dos meses las primeras que se dieron en México, Puebla, Guadalajara y Zacatecas. De tres, la que se dio en Lima en 1746. Las que acostumbraban dar los predicadores del Colegio de San Fernando de México duraban cuarenta días.

El medio más poderoso que utilizaron los misioneros para impactar al público fue, dentro de la selección que hacían de los temas de predicación, el enfoque que daban a los mismos. Aunque el P. Alcocer afirma que los misioneros hacían "amables" las verdades religiosas, presentándolas con orden, limpieza y exactitud, y si bien los predicadores anunciaban que no iban "a espantar, sino a consolar a todos" -así en Poncitlán, en 172673-, las crónicas y los informes dejan entrever que, para provocar conversión, recurrían con frecuencia, si no habitualmente, a los sentimientos de temor y de terror, llegando en ocasiones a provocar verdaderas psicosis de aterramiento colectivo. He aquí algunos casos.

Durante la misión que el Padre Antonio Llinás predicó en Celaya justamente con el jesuita José Vidal, "con tal eficacia y poderosas razones -escribe Espinosa- intimó a sus oyentes... que, oprimidos del pavor y heridos de compunción, confundían las voces con sus clamores. Tal fue el horror que se apoderó de los corazones, que hizo desfallecer a muchos hasta derribarlos por tierra"

Hablando de la misión que predicó en el pueblo peruano de Saña, el Padre Larrea confiesa en una de sus cartas:

"La noche en que predicó del infierno fue tanto el alarido, que todo era confusión y horror; pareció noche de juicio. Tan conmovida quedó la gente, que muchos confesaban sus pecados a gritos. Frecuentemente el sermón del infierno conmueve mucho".

Había religiosos que, al parecer, gozaban con semejantes escenas dantescas. Tal el reverendo Padre Guardián del convento de San Francisco de Zacatecas al tiempo en que predicaron en dicha ciudad los Padres Ezcaray, Frutos y Espinosa. "Este prelado -escribe Espinosa-, después de un sermón de tres horas, que al acto de contrición se tiraban contra el suelo de dolor,... les decía a mis compañeros: hijos, subíos al púlpito y haya otra conmoción. Y así sucedía".

Hablando el mismo cronista del Padre Frutos, escribe:

"Para hacer el acto de contrición se ponía en la grada del presbiterio enarbolando en su brazo un devoto crucifijo, y recopilando en breves palabras el asunto del sermón, parecía despedir centellas en lugar de razones, según era la conmoción de los auditorios que solían quedar muchos tirados por el suelo, y todos a voz en cuello mostraban el arrepentimiento de sus culpas y se daban tales golpes de pecho y bofetadas, que parecía la iglesia un día de juicio".

Además de apelar a los sentimientos del temor religioso llevándolo hasta el paroxismo, nuestros misioneros eran maestros en utilizar la técnica de la repetición. El citado Reglamento de Ocopa prescribe:

"Conviene mucho que se repitan muchísimas veces las máximas eternas, oportuna e importunamente".

Otros recursos para impactar al público eran las llamadas exterioridades: gestos, acciones, escenificaciones, representaciones gráficas, uso de campanillas y calaveras, sermones en cementerios, etc. El citado reglamento dice:

"Como la gente rústica ordinariamente más se mueve por lo que ve que por lo que oye, no será fuera de propósito que algunas veces, según las circunstancias de los pueblos, se haga al fin del sermón alguna exterioridad".

De estas exterioridades -algunas de ellas bastante grotescas- están llenas las crónicas y los informes referentes a las misiones populares. En una que se dio en Cuzco el año 1739, el predicador Fray José Gil Muñoz, para convencer al auditorio de que el infierno no es un lecho de rosas, se aplicó fuego al brazo en el púlpito. Otro día el mismo predicador exhibió la pintura de un demonio. Y durante la misa de Requiem, al finalizar la misión, colgó de un alambre tres calaveras iluminadas por dentro.

En una de las misiones que predicó Fray junípero Serra en la ciudad de México -lo cuenta su biógrafo Fray Francisco Palou- "sacó una cadena y dejándose caer el hábito hasta descubrir las espaldas, después de haber exhortado a la penitencia, empezó a azotarse tan cruelmente, que todo el auditorio se deshacía en lágrimas; y levantándose de él un hombre fue a toda prisa al púlpito, quitó la cadena al Padre, bajó con ella hasta ponerse en lo alto del presbiterio, y tomando ejemplo del Venerable predicador, se desnudó de la cintura para arriba y empezó a hacer pública penitencia diciendo con lágrimas y sollozos: `yo soy el pecador ingrato a Dios que debe hacer penitencia por mis muchos pecados y no el Padre, que es un santo'. Fueron tan crueles y sin compasión los golpes, que a vista de toda la gente cayó, juzgándolo todos por muerto. Habiéndole oleado allí y sacramentado, murió poco después".

No es éste el único caso de muerte provocado por el ambiente morboso que en ciertas misiones populares se producía. En una que predicaron los Padres Ezcaray y Frutos, un penitente "se dio tales golpes con una piedra en los pechos y tales azotes en las espaldas, que en pocos días murió".

Fray Fernando Larrea confiesa que en sus misiones "fueron muchos los males de corazón nacidos de arrepentimiento doloroso".

Los misioneros trataron de impedir las exageradas penitencias que ellos mismos habían provocado. "Tienen no poco trabajo los misioneros en estar quitando penitencias que llevan algunos con atrocidad", informa Alcocer. También algunos obispos intervinieron en el asunto.

No es justo juzgar con criterios actuales las formas de obrar propias de otras épocas; pero, al recordar ciertos hechos, uno se pregunta si en algunos medios utilizados por los predicadores populares no hubo una censurable coacción psicológica...

5. BENEFICIOS SOCIALES Y RELIGIOSOS DE LAS MISIONES POPULARES

Los beneficios derivados de las misiones populares fueron primordialmente de orden religioso: enseñanza y clarificación de la fe cristiana, florecimiento de la vida de piedad y sacramental, mayor asistencia al culto dominical...

La influencia de las misiones en la vida social se produce también desde el plano religioso, es decir, asegurando la moralidad privada y pública. Las campañas de los misioneros a favor de la estabilidad del matrimonio y de la familia; sus duras críticas contra las modas, el juego, la embriaguez, las diversiones mundanizantes, el robo, el fraude y la delincuencia; su prédica, que postulaba una mayor equidad en las condiciones laborales y en los intercambios comerciales, no sólo sirvieron para aclarar y rectificar conciencias, sino también para asentar y fortalecer una sociedad que siempre tiende a resquebrajarse desde sus bases morales.

Llevados siempre por esta preocupación de asegurar una sociedad y una Iglesia moralmente saludables, algunos predicadores se enfrentaron directamente con las autoridades civiles y religiosas de la época. En 1692 Fray Antonio Ezcaray predicó en presencia del Virrey de México sobre la injustificada falta de bastimentos que padecía el pueblo. En Perú, el Padre José María Massiá fue perseguido por haber criticado algunas injusticias de la autoridad pública. Con ocasión del retiro que Fray Antonio Margil predicó a una junta de religiosos, estuvo en un tris de ser llevado a los tribunales de la Inquisición. Y un sermón que predicó en México ante el Virrey y los miembros de la Audiencia mereció este comentario del cronista Espinosa: "Nunca se vio la verdad más lúcida, porque nunca la dijo más clara". En otra ocasión, y por la misma causa, intentaron darle "una vuelta de palos". En 1711 Fray Angel García Duque predicó en México con tanta dureza contra ciertos abusos de los eclesiásticos, que fue denunciado a la Inquisición.

Sí, las misiones populares se enfrentaron decididamente a las injusticias sociales, presentes en todas las épocas. "Cesaron los logros usurarios, se reconciliaron envejecidos odios, la vanidad quedó olvidada.. y mucha hacienda a sus dueños restituida" -escribió Espinosa hablando de la misión que los franciscanos de Querétaro predicaron en México en 1683. Y en 1739, a raíz de la misión que predicó en Popayán, escribió el P. Larrea: "Muchos sujetos principales, para establecer mejor la paz, quemaron públicamente los procesos y papeles que habían formado. No quedó en la ciudad persona alguna que no se reconciliara con su enemigo".

Hubo algunos predicadores que, dando un paso adelante, entraron en el terreno de la justicia política. Podríamos citar a Fray Vicente de Santa María, en México; Fray José Antonio Bonilla, en la República Dominicana; Fray Juan Antonio Navarrete, en Venezuela; Fray Francisco Florido, en Colombia; al inmortal Fray Mamerto Esquiú, en Argentina; Fray Francisco de Santa Teresa de jesús Sampaio, en Brasil, por traer sólo algunos ejemplos.

Las misiones populares han sido criticadas de estériles, de producir frutos poco estables. Pasado el primer impacto -se ha dicho- todo vuelve a la anterior situación. Los hechos contradicen esta afirmación. Cuando la misión es un tanto prolongada y dispone de tiempo para organizar grupos y entidades que garanticen la continuidad de las mejoras logradas, sus frutos son de larga duración. Los misioneros procuraron asegurar el bien logrado y los buenos propósitos de los convertidos, por medio de cofradías, centros de oración, grupos de catequistas, sobre todo estableciendo hermandades de la Tercera Orden Franciscana.

"Fruto fue de las misiones -escribe el Padre Larrea hablando de las que dio en Quito en 1732- haber quedado hasta el día de hoy en la iglesia en que se hicieron (la del Sagrario) una escuela de Cristo muy fervorosa, en que asisten todos los jueves del año muchas personas devotas; en ella tienen lección espiritual y oración mental".

Los Padres Frutos y Ezcaray enseñaban en sus misiones a "tener oración mental". Para que todo este fruto perseverase -añade Espinosa- quedaron muy animados todos los ministros de doctrina para explicarla en las fiestas de guardar y los domingos". El Reglamento de Ocopa determinaba que en cada lugar donde se diera misión

"se establezca un buen reglamento de vida, procurando que en el pueblo quede alguno o algunos para hacer las santas distribuciones, tanto por la mañana como por la tarde".

Así se comprende que numerosos prelados y párrocos hayan visto en las misiones populares un medio eficaz de renovación de la vida cristiana. Refiriéndose a las que predicaron cinco franciscanos en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, en 1846 y 1847, el obispo Belisario Santisteban afirmaba que sus frutos perduraban medio siglo después. Por algo los obispos de América Latina, reunidos en Puebla, declararon:

"La acción catequética se dirigirá en forma simultánea a los grupos y a las multitudes. Para estas últimas resultan de mucha eficacia las misiones populares, convenientemente renovadas en una línea evangelizadora".

 

Cuadernos Franciscanos, Chile, 25, 1991