SANTA CLARA,

MAESTRA DE ORACION

Jesús María Bezunartea, ofm. cap.

 

 

INTRODUCCION

Ante todo, quiero llamar la atención del lector sobre el título de este trabajo. Sí, voy a presentar a Clara de Asís como una maestra de oración. Creo que todos están de acuerdo en que ella fue una gran contemplativa, pero pocos creen que fue una maestra en este campo de la vida espiritual. Hay quien incluso dice que ella "no nos dejó ningún indicio que permita descubrir un determinado método de oración". También parece ser una postura común, pero poco práctica a mi parecer, el tomar el Proceso de Canonización o la Leyenda como fuentes principales para conocer la oración y contemplación de santa Clara. Quizás sí lo sean para conocer detalles o aspectos externos sobre la misma, tales como los momentos favoritos para su oración, algunos efectos externos de sus experiencias de oración y los misterios que alimentaban su oración y contemplación.

Yo quisiera cumplir con mi propósito de presentar a Clara como maestra de oración acudiendo a la fuente donde mejor podemos descubrirlo y que, hasta ahora, ha sido poco estudiada: sus cartas a Inés de Praga. Lo que ella comparte con Inés es lo que ella vivía, por tanto es un campo muy rico donde descubrir el método seguido por ella en su ejercicio y vida de oración y contemplación.

También quiero aclarar, o al menos afirmar, que la oración-contemplación no es para Clara ni para sus hermanas una simple actividad de su vida consagrada, ni la actividad más importante de la misma, sino un estado o condición permanente de su vida. Y hay quienes se contentan con considerarla la actividad más importante, pero ello pone en duda el verdadero sentido de una vocación contemplativa, importante entre los carismas de la Iglesia, hoy como siempre. Me atrevería a decir que es uno de los carismas de la vida religiosa que más futuro tienen para la Iglesia y para nuestro mundo extrovertido, pero muy hambriento de lo espiritual.

Precisamente en relación con esta concepción de la oración y contemplación como un estado o condición de vida, tenemos en nuestra espiritualidad franciscano-clariana un par de recomendaciones de Francisco y de Clara muy importantes: "No apaguen el espíritu de la santa oración y devoción", "pongan empeño en aspirar sobre todas las cosas a poseer el espíritu del Señor y su santa operación, orar a El de continuo con un corazón puro" (Regla de Clara VII, 2 y X, 9-10).

¿Qué nos está sugiriendo el término "espíritu" sino una serie de actitudes espirituales o cristianas que nos llevan a estar dedicados continuamente a Dios, de forma que estemos en continua comunicación con El y no haya en nosotros ningún obstáculo para experimentar esas maravillas que "el mismo Dios tiene reservadas desde el principio para sus amadores"? (Cta. III, 14).

San Francisco explica en su primera Regla (C. 22) el proceso o camino para vivir la gracia de una "oración continua" y "con un corazón puro". De ello se hace eco Santa Clara en cierta forma en esa tercera carta. Recomienda a Inés enderezar todas sus facultades a Jesucristo, no dejarse engañar ni por las seducciones del mundo ni por las acechanzas del enemigo de los hombres", a "amar sin reservas a aquel que se te ha dado totalmente por amor" y, a ejemplo de María, hace morada y trono para el Señor en el alma (v. 12-27).

Antes de cerrar esta introducción, quiero aclarar que voy a usar la expresión "oración y contemplación" para poner de relieve, por una parte, toda la riqueza de la vida espiritual de oración y, por otra, que la contemplación es una etapa o forma de oración que nos interesa subrayar en la experiencia de oración de Clara.

Finalmente, para hacer ver que en la experiencia de nuestra santa realmente hay un proceso de oración y contemplación que podemos llamar itinerario o método, vamos a compararlo con el método tradicional monástico de la Lectio Divina, en el cual se dan los siguientes pasos: lectura, meditación, contemplación, oración, consolación, discernimiento, decisión y acción.

CONTEMPLAR A JESUCRISTO EN SU PASION Y MUERTE

"Mírale hecho despreciable por ti y síguele hecha tú también despreciable en este mundo. Observa, considera, contempla, arde en deseos de imitar a tu Esposo, el más hermoso entre los hijos de los hombres (Sal. 44, 3), convertido por tu salvación en el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y azotado de tantas maneras en todo su cuerpo, muriendo entre los atroces dolores de la cruz" (Carta 11, 19-20).

Comparando el itinerario de la Lectio Divina con el que Clara nos ofrece en esta carta, podemos hacer el esquema siguiente:

Santa Clara

Lectio Divina

Mira y observa (ejercicio de los sentidos)

Lectura

Considera (ejercicio de la mente)

Meditación

Contempla (ponerse bajo la acción de Dios)

Contemplación

Oración

Arde en deseos

Consolación

De imitar (preparando la acción)

Discernimiento

Síguele (compromiso activo)

Decisión

Creo que ya desde este breve texto y esquema queda claro un camino que ha de seguir quien desee hacer una experiencia de oración y contemplación inspirada por Clara. Notemos, sin embargo, algunos detalles. El primero es que ella pone como primer paso el ejercicio de los sentidos (mira, observa). Seguramente Clara había aprendido, como los primeros compañeros de Francisco, a repasar "día y noche con mirada continua el libro de la cruz de Cristo, instruidos con el ejemplo y la palabra de su Padre..." (L M, 4, 3) y, habiendo experimentado la inefable sabiduría de este libro, la compartía con su hermana Inés de Praga, a quien dice en esta carta: "Como sé que estás rica en todas las virtudes, renuncio a extenderme para no agobiarte de palabras superfluas..." (v. 8). Quienes conocen los Ejercicios de San Ignacio saben que él da mucha importancia a los sentidos cuando se trata de la meditación de los misterios terrenos de Jesucristo.

La Leyenda de Santa Clara nos da testimonio de cómo ella estaba en sintonía con el contenido fundamental de la oración franciscana, cuando dice: "Para alimentar su alma ininterrumpidamente en las delicias del Crucificado, meditaba muy a menudo la oración de las cinco llagas del Señor" (n. 30).

Por lo que se refiere a la semejanza entre el itinerario de oración de Clara y de la Lectio Divina, notemos esa diferencia respecto a la "mirada" en lugar de la "lectura". El texto citado de S. Buenaventura dice que este ejercicio de leer el libro de la cruz "con mirada continua" era debido a que "todavía no tenían libros litúrgicos para poder cantar las horas canónicas" y menos -podemos añadir- los tenían para su lectura y meditación.

La consolación es un gozo y gusto íntimo de Dios, que capacita o, mejor, provoca los deseos u opciones valientes de vida cristiana.

Clara lo expresa con el término "arde", que lo usará también en su carta cuarta ("con todo el ardor de tu deseo") y que lo comentaremos en su momento. Esa inspiración y fuerza que origina la consolación, en este caso conduce a "imitar a tu Esposo", que se hace realidad en el seguimiento" de una vida tal como la de Cristo, es decir, reproduciendo sus actitudes y formas de vida, particularmente en un cambio radical de vida.

Aunque en esta carta Clara no menciona expresamente dos momentos de este itinerario monástico de oración, que son la oración y el discernimiento, sin embargo ella los conocía y los incluía en su propio itinerario. Por ejemplo, la referencia a la "oración" aparece en la carta cuarta, cuando dice a Inés: "Absorta en tal contemplación, ten un recuerdo para esta tu madre pobrecilla" (v. 33), y la referencia al "discernimiento" aparece en esta misma carta segunda, de la que citamos sólo esto: "si alguno te dice o te insinúa otra cosa que te impida el camino de la perfección que has abrazado o que parezca estar en oposición con la vocación divina, con todos los respetos, no le hagas caso, sino abrázate, virgen pobrecilla, al Cristo pobre" (v. 17-18). Aquí podemos recordar las palabras de Celano al hablar de la vida de Clara y sus hermanas en San Damián: "Han merecido la más alta contemplación en tal grado, que en ella aprenden cuanto deben hacer u omitir, y se saben dichosas abstraídas en Dios, aplicadas noche y día a las divinas alabanzas y oraciones" (I Cel. 20).

Concluyendo la exposición de esta experiencia de oración, subrayemos el contenido de la misma, a saber, Jesucristo en su pasión y muerte, que lleva a la imitación y seguimiento en su obra redentora, reviviendo experiencias semejantes de sufrimiento moral ("despreciable", "el más vil de los hombres") y físico ("golpeado", "azotado", "muriendo entre los atroces dolores de la cruz"); todo ello, sin embargo, con una mirada en la exaltación gloriosa de Jesucristo, en la que también su seguidor/seguidora participará: "si con El padeces, con El reinarás..." (v. 21-23).

CONTEMPLAR A JESUCRISTO COMO EL HIJO ENCARNADO DE DIOS

"No consientas que nuble tu corazón sombra alguna de tristeza, ¡oh señora amadísima en Cristo, gozo de los ángeles y corona de tus hermanas! Aplica tu mente al espejo de la eternidad, deja que tu alma se sumerja en el esplendor de su gloria, endereza tu corazón a aquel que es la figura de la divina sustancia, y transfórmate totalmente, por la contemplación, en la imagen de su divinidad. Así probarás también tú lo que experimentan los amigos cuando saborean la dulzura escondida, que el mismo Dios tiene reservada desde el principio para sus amadores.

No te pares siquiera a mirar a las seducciones, que acechan a los ciegos amadores de este mundo falaz, y ama sin reservas a aquel que se te ha dado totalmente por amor. El sol y la luna admiran su belleza; sus prendas son de precio y grandeza infinitos. Me refiero al Hijo del Altísimo, que la Virgen dio a luz, sin dejar por ello de ser virgen. Llégate a esta dulcísima Madre, que engendró un Hijo que los cielos no podían contener, pero ella lo acogió en el estrecho claustro de su vientre y lo llevó en su seno virginal. ¿Quién no desechará con horror las acechanzas del enemigo de los hombres que, mediante el relumbrón de las glorias momentáneas y falaces, trata de reducir a la nada lo que es más grande que el cielo? Así es en verdad: el alma del hombre fiel, que es la más digna de todas las creaturas, se hace, por la gracia, más grande que el cielo; porque, mientras los cielos, con todas las otras cosas creadas, no pueden contener a su Creador, en cambio el alma fiel, y sólo ella, es su morada y su trono y ello solamente por efecto de la caridad, de la que carecen los impíos. Es la misma Verdad quien lo afirma: El que me ama será amado de mi Padre, y yo le amaré; y vendremos a él y estableceremos en él nuestra morada.

A la manera, pues, que la gloriosa Virgen de las vírgenes le llevó materialmente en su seno, así también tú, siguiendo sus huellas, de manera especial, las de su humildad y pobreza, puedes llevar siempre espiritualmente, en tu cuerpo casto y virginal, y contener a aquel que te contiene a ti y todas las creaturas, puedes poseer lo que es mucho más duradero y definitivo que todas las demás posesiones pasajeras de este mundo" (Carta 111, 11-27).

Como ya he mencionado anteriormente, vamos a exponer la experiencia de oración contemplación de Clara, aquí narrada, como un itinerario. El texto de esta carta nos ofrece una experiencia más rica y humanamente más atrayente que la anterior. Vamos a distinguir tres partes en su exposición.

Condiciones previas

La primera: proteger nuestro interior de cualquier estorbo o impedimento ajeno a esta experiencia o, como lo expresa en la Regla, preservar la pureza del corazón. Este tema lo desarrolla ampliamente Francisco en su primera Regla (Cap. 22), y Clara en esta carta lo menciona en varios versículos, así cuando dice: "No te pares siquiera a mirar las seducciones, que acechan a los ciegos amadores de este mundo falaz" (v. 15. 6-7. 11). En el mismo sentido se puede entender la invitación a seguir las huellas de la Virgen María "de manera especial las de su humildad y pobreza" (v. 24. 25).

La segunda: acoger todas las manifestaciones de Dios en nuestra vida. En esto Clara nos refiere primero al mundo cósmico: "El sol y las estrellas admiran su belleza" (v. 16) y de modo particular a María (v. 18).

La tercera: amar totalmente a Jesucristo: "Ama sin reservas a aquel que se te ha dado totalmente por amor (v. 15). Esto, que puede parecer un ideal y una meta sublimes, es una condición evidente de toda vida de contemplación. Muy a menudo, al querer encontrar la clave de dicha vida o experiencia, deseamos conocer un método efectivo e infalible, como si fuera fruto de un par de combinaciones químicas o académicas. No. La contemplación, como nos lo pone de relieve Clara aquí y en otras ocasiones, está en relación directa con el amor de Dios, más concretamente en su caso, a Jesucristo. Es sólo el amor el que nos puede dar la capacidad de permanecer a los pies de Jesús o en ese encuentro íntimo con quien ha hecho en nosotros "su morada y su trono", y ello es posible, dice Clara, "solamente por efecto de la caridad" (v. 22). A este respecto quiero citar las palabras de un autor moderno, que ha escrito el estudio más extenso de nuestros días sobre la pedagogía de la oración en Francisco y Clara. "Su plegaria (de Clara) -dice- es siempre una cita de amor con Aquel a quien ama con todo su corazón de mujer. Su plegaria, a imagen de su vida, no es sino una sola aventura: la del amor dado, recibido, intercambiado. Expresa con una sensibilidad toda femenina la dicha que siente en presencia del ser amado" (1).

Experiencia fundamental

Aplica tu mente al espejo de la eternidad

Clara nos invita aquí a meditar los misterios del amor y de la salvación de Dios, que se nos manifiestan en la vida y persona de Cristo como en un espejo. La eternidad en toda su riqueza (plenitud de vida divina en todos sus rasgos o cualidades) se ha hecho presente entre nosotros de una forma fácil de comprender, como si la viéramos reflejada en un espejo: en Jesucristo.

Deja que tu alma se sumerja en el esplendor de su gloria

Ahora Clara se está refiriendo sin duda a la contemplación, que, como hemos sugerido en la carta anterior, implica un dejarse invadir por la gloria divina, por la fuerza del Espíritu, de manera que, saliendo de nosotros mismos, nos rendimos ante el Misterio que Dios nos deja percibir de sí mismo. Es una etapa en la que el sujeto se hace más pasivo y Dios más activo; de hecho, es una etapa difícil de vivir, aunque normalmente es la más añorada. Es hermosa la expresión de Clara: "deja que tu alma se sumerja en el esplendor de su gloria". Cuando Dios, de cualquier forma, nos manifiesta su gloria, no hay que poner defensas o estorbos, hay que dejarle la mano libre para actuar. Pero, a veces, no es fácil discernir lo que es ayuda y lo que es estorbo. Pedro creyó tener una gran idea cuando en el Tabor se vio sumergido en la gloria divina y dijo: "Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas... ". Sin embargo, el Señor no estuvo de acuerdo con tal plan, pues Pedro se estaba apropiando la experiencia espiritual; su intervención y su deseo estaban movidos por la carne.

Endereza tu corazón a quien es la figura de la divina sustancia

Aquí, de nuevo nos encontramos con la respuesta personal que ha de seguir a la contemplación y que puede tener lugar, sobre todo, a través de la consolación y la decisión. De la misma forma que el amor, fruto identificador del corazón, es una condición necesaria para la contemplación; también es la fuerza que hace posible la decisión para la acción y la perseverancia en la misma. Pero el corazón, piensa Santa Clara, necesita de sujetos u objetos sensibles a los sentidos y la afectividad del hombre. Por ello, en este momento identifica a Jesucristo como "la figura de la divina sustancia", una figura que, como nos dice a continuación, ha tomado, sobre todo, la forma del amor; una forma perceptible por todos.

Transfórmate totalmente, por la contemplación, en la imagen de su divinidad

La respuesta que provoca el amor ha de llevar a la "transformación total" en el amado, con quien la contemplación nos pone en comunión. Es el paso al que debe llevar siempre la relación con el Señor. Ya no es Cristo a quien se presenta como forma e imagen de lo divino, sino la persona contemplativa, que sabe llevar a los demás, de manera perceptible, lo que ella ha recibido. Sabemos que para Clara esta responsabilidad y servicio frente al mundo fue muy importante pues lo recomendó a todas sus hermanas en el Testamento con estas palabras: "Porque el mismo Señor nos ha puesto como modelo para ejemplo y espejo, no solamente para los demás, sino también para nuestras hermanas, llamadas por el Señor a la misma vocación, a fin de que ellas, a su vez, sirvan de espejo y ejemplo a los que viven en el mundo" (Test. 19-20).

Probarás la dulzura escondida que Dios tiene reservada para sus amadores

No se trata ahora de la consolación pasajera, fruto de una experiencia esporádica de contemplación, sino de una experiencia del Espíritu que transforma "lo amargo en dulce" y que orienta la vida a la contemplación celestial, de la que nos hablará Clara en su última carta. Si recordamos, como dije antes, que su contemplación no es una simple actividad espiritual, sino un estado o condición permanente de vida, podemos entender que esta dulzura o consolación pueda extenderse ilimitadamente en la intensidad y en el tiempo.

María como guía y ejemplo

En la segunda parte del texto que nos ocupa (Cta. 111, 18-27), Clara nos presenta a María como ejemplo y guía de una experiencia contemplativa, distinta de la anterior en la forma, pero semejante en el contenido.

En este caso ella nos dice que "el alma fiel" es como el "seno virginal" de María, donde Dios constituye "su morada y su trono". De esta forma, la contemplación es una experiencia que se realiza al entrar en el misterio que Dios nos da a participar de sí mismo, una contemplación de Dios que habita en nosotros y que nos dice: "Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto...". Santa Clara trata de combinar el misterio de María, madre de Jesús, en los meses de su gravidez, con el misterio que Jesús nos prometió en las palabras que cita aquí la santa: "El que me ama será amado de mi Padre, y yo lo amaré; y vendremos a él y estableceremos en él nuestra morada" (v. 23). En resumen, podemos decir que María es el ejemplo de esta experiencia prometida por Jesucristo, pues se cumplió en ella; y es el guía de la misma porque nos propone las actitudes espirituales que nos harán capaces de tal gracia. ¿Cuáles son estas actitudes?

La humildad y pobreza con que ella acoge la Palabra y los caminos de Dios desde el primer momento hasta el último de su historia como Madre de Jesús (v. 24. 25).

La fidelidad al llevarlo en su seno virginal (v. 19 y 24).

El darlo a luz o compartirlo con nosotros (v. 17).

Su virginidad, que nos recuerda la pureza de corazón de quien se entrega totalmente al Señor (v. 19. 25).

CONTEMPLACION DE CRISTO COMO ESPEJO DE LA DIVINIDAD

"Y puesto que no es sino el resplandor de la gloria eterna, brillo de la luz eterna y espejo sin mancha, mírate cada día en este espejo, oh reina, esposa de Jesucristo, observa de continuo en él tu rostro; así podrás revestirte toda por dentro y por fuera de variedad de galas e ir adornándote de las flores y atavíos de todas las virtudes, como cumple a la hija y esposa del rey supremo. Ahora bien, en este espejo resplandecen la dichosa pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como lo podrás contemplar, con la gracia de Dios, mirando toda la superficie del espejo.

Fíjate en el principio de este espejo, que es la pobreza de quien fue reclinado en un pesebre y envuelto en pañales.

¡Oh admirable humildad, oh asombrosa pobreza: el rey de los ángeles, señor del cielo y de la tierra reclinado en un pesebre!. Mira, luego, en el centro del espejo la humildad santa, la inefable caridad, que le llevó a padecer el suplicio de la cruz y morir en ella con la muerte más ignominiosa. Es el mismo espejo quien, desde lo alto del madero de la cruz, se dirige a los transeúntes para decirles: ¡Oh, vosotros, todos los que pasáis por el camino: mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor!

No hay sino responder, con una sola voz y un solo espíritu, a su clamor y gemido: No se apartará de mí tu recuerdo y dentro de mí se derretirá mi alma. ¡Déjate abrasar, por lo tanto, oh reina esposa del Rey celestial, cada vez con mayor fuerza, por este ardor de caridad! Y al contemplar sus delicias inenarrables, las riquezas y honores de eternidad, grita .con todo el ardor de tu deseo y de tu amor: Llévame en pos de ti, Esposo celestial: correremos atraídas por el aroma de tus perfumes! Correré sin desfallecer, hasta que tú me des entrada en tu bodega secreta, cuando tu mano izquierda sostendrá mi cabeza y tu diestra me abrazará deliciosamente y me besarás con el beso felicísimo de tu boca" (Carta IV, 14-3i).

En esta carta Santa Clara nos ofrece un itinerario de contemplación más amplio que en las cartas anteriores. Ahora se trata de contemplar a Cristo como "espejo de la divinidad" en los misterios fundamentales de su vida: su nacimiento, su vida oculta y pública, su pasión y muerte. Y, además, este Cristo "espejo" es el Espejo Celestial. Veamos el itinerario que nos muestra (2).

"Fíjate en el principio de este espejo, la pobreza de quien fue reclinado en un pesebre y envuelto en pañales... "(v. 19). De nuevo nos encontramos con una experiencia de oración y contemplación que empiezan por los sentidos, que descubren los detalles de la pobreza de quien es "reclinado en un pesebre", la pobreza de los medios, del lugar y de las personas que le rodean. Pero después viene la mente a reflexionar y el corazón a sentir afectiva y afectuosamente porque se trata de un caso muy extraordinario de pobreza, de una persona muy singular, ya que quien está reclinado en un pesebre es "el Rey de los ángeles, Señor del cielo y de la tierra".

"Mira, luego, en el centro del espejo la humildad santa, los trabajos sin número y las penalidades que sobrellevó por la redención del género humano" (v. 22). Aquí se daría el mismo proceso de la escena anterior (sentidos, mente, corazón) en referencia a la vida oculta y pública de Jesús, desde Egipto a Nazaret, a su ministerio, su pasión y muerte. Todo ello como ejemplo y misterio de humildad.

"Contempla en el término del espejo, la inefable caridad, que le llevó a padecer el .suplicio de la cruz y morir en ella con la muerte más ignominiosa" (v. 23). Aquí la mirada, la reflexión y la afectividad de quien se encuentra ante la pobreza y la humildad de Cristo, tiene que ceder su lugar al alma que se deja sumergir en el misterio de la inefable caridad de Cristo al sufrir el suplicio de la ,cruz y la muerte más ignominiosa. Notemos aquí, ante todo, el término inefable, que nos 'sugiere una forma e intensidad de cardad que sobrepasa la capacidad humana de comprensión y que, por tanto, es sólo perceptible a través de la gracia de la contemplación, en los niveles íntimos del alma creyente e inflamada, a su vez, de amor. Reforzando la inefabilidad de la caridad, Clara califica de suplicio el tormento de la cruz, y su muerte como la más ignominiosa. Y dentro de esta línea de subrayar lo inefable y extraordinario de la experiencia de Cristo cita las palabras del siervo de Yahveh: "mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor" (v. 25).

Lo que Clara dice en los versículos 26-30 es una descripción de las consecuencias de la contemplación de la caridad inefable de Cristo, del ardor de su caridad, de las delicias inenarrables y de las riquezas y honores de eternidad. ¿Cuáles son estas consecuencias? Son las siguientes: su memoria se queda ocupada ya para siempre con el recuerdo de esta caridad, su alma se siente derretir, es decir, no ofrece resistencia alguna ante tal amor, y su corazón se abrasa en tal fuego de amor que, en la medida posible a un humano, pueda estar a la altura del amor divino, amor que, como el fuego que destruye la escoria, destruirá todo sentimiento humano carnal, impropio de quien ha sido amado de forma tan inefable.

Como experiencia culminante de una vida contemplativa de tal profundidad, el alma comienza a vivir con el único anhelo que puede colmar su corazón y su alma: "Llévame en pos de ti, Esposo Celestial...". ¿A dónde? Hasta la morada eterna del cielo donde la contemplación del Esposo se sublimará en el abrazo eterno y delicioso de una unión esponsal eterna. Para mejor entender esta referencia hacia la eternidad, que incluye esta experiencia culminante de contemplación, tengamos presente que Clara escribe esta carta unos meses antes de su muerte, cuando, sin duda, ella percibe muy cerca los consuelos de esa contemplación celestial. Sin embargo, no hay que pensar que esa sea una condición para descubrir y gozar la dimensión escatológica de la contemplación.

CONCLUSION

Después de haber visto detalladamente estas tres experiencias de oración y contemplación que nos ha presentado Santa Clara en sus cartas a Inés, espero no quede ninguna duda de si ella tenía un itinerario o método de oración. Por otra parte, si ella lo comparte con Inés en sus cartas, es lógico que ella lo compartiera con sus hermanas de comunidad y con cualesquiera personas que vinieran a ella con el deseo de aprender más sobre la oración. A este respecto podemos citar las palabras de la Leyenda cuando nos expone algunas de las enseñanzas que Clara compartía con sus hermanas, particularmente con las jóvenes: "Primero las enseña a apartar del interior del alma todo estrépito, a fin de que puedan permanecer fijas únicamente en la intimidad de Dios" (n. 36).

Hemos visto que su itinerario está muy relacionado con el método monástico de la Lectio Divina. No tiene nada de extraño si tenemos en cuenta que hasta el 1247 los monasterios de Clarisas estaban canónicamente bajo la Regla de San Benito y, además, unos cinco años (1219-1224) tuvieron como visitador al cisterciense Ambrosio. Esto no impide que en otros aspectos la oración de Clara tuviera sus rasgos franciscanos.

Vemos claramente que Cristo ocupa el lugar central de su oración y contemplación, y esto en toda la amplitud de sus misterios: nacimiento, vida, pasión, muerte y glorificación. Ocupa el lugar central, aunque no exclusivo, porque Jesucristo es para ella encarnación y manifestación de Dios a nosotros.

Aparece repetidamente que la oración y contemplación de Clara no se quedan allí. Se proyectan a la vida en forma de imitación y de seguimiento de Cristo, de transformación y de revestirse de las virtudes por dentro y por fuera, además del amor y la unión de carácter esponsal con El. Nos sugiere, tanto en la segunda como en la cuarta carta, que la contemplación terrena tiene una proyección culminante en la contemplación celestial. Clara nos recuerda que la contemplación transformante, a que nos invita, ha de ser una experiencia continua, diaria y reposada si, como se supone, alguien ha puesto en ello toda su vida (Cta. IV, 15).

También podemos comprender por las palabras de Clara en esta cuarta carta que esta experiencia de la contemplación es una gracia que viene de Dios (v. 18), aunque exige de nosotros una preparación, de la que ya hablamos al explicar la experiencia de la tercera carta. En la cuarta carta nos dice, a este respecto, que debemos llegar a dejarnos hacer por El, perdiendo toda la resistencia que ofrece nuestro deseo carnal de protagonizar nuestra vida de fe. La contemplación incluye un proceso de crecimiento, sobre todo en nuestra disponibilidad a la acción divina (IV, 27).

Recordemos una vez más el papel fundamental del amor en la acción transformante de la contemplación, pero sobre todo del amor de Dios. Podríamos notar aquí cómo en la experiencia de Clara la caridad de Dios que obra en nosotros, tiene una fuerza de purificación y transformación superior a cualquier prueba purgativa (IV, 27). De todo lo dicho sobre la contemplación de Clara, podemos entender la dimensión activa, eclesial de la misma. No se trata de olvidarse de todas las miserias que nos rodean en el mundo, ascendiendo a las esferas de la mística o encerrándose en los claustros de la clausura, sino de llegar a una vida y transformación tan cristianas que hagan de la persona contemplativa una "colaboradora del mismo Dios" en su obra salvadora, concretamente "sosteniendo a los miembros vacilantes del cuerpo inefable de Cristo" (Cta. III, 8).

Y resumiendo lo dicho sobre el itinerario de oración contemplación de Clara, presento este esquema:

Condiciones previas:

proteger nuestro interior, nuestro corazón, de todo estorbo o impedimento que dificulte esta experiencia, que amenace la pureza del corazón;

vivir en actitud de acogida de todas las manifestaciones de Dios a nosotros;

alimentar en nosotros un amor incondicional y total a Dios, a Jesucristo, que es como el alma de la contemplación.

Proceso del mismo:

ejercicio de los sentidos para captar el misterio a contemplar. Aquí se puede incluir la lectura reposada de un tema;

ejercicio de la mente para reflexionar sobre los diversos aspectos e implicaciones de tal misterio. Es lo que comúnmente llamamos meditación;

experiencia de contemplación fruto normalmente de lo anterior como preparación. Es la acción de Dios, que va más allá de la capacidad personal del orante y se deja sentir en su alma;

con los sentimientos consoladores surgen los deseos y decisión de conformar la vida a la de Cristo y de sumarse a su obra salvadora;

finalmente, se pasa a la acción: traducir estos deseos en imitar, seguir y transformarse en la misma imagen de Cristo.

Cuadernos Franciscanos, Chile, 1994 N° 105